Cuestiones de fondo

La pandemia de Covid-19 -junto con otros fenómenos contemporáneos de alcance mucho mayor, como el cambio climático- nos están demostrando claramente que no existe ningún “afuera absoluto”: siempre permanecemos en el mundo, dentro de algún lugar. No obstante, se trata de una condición que nos sigue resultando difícil de interiorizar: seguimos con la pretensión de ver del mundo “desde el exterior”, un legado de la filosofía moderna desde Descartes. Esta idea de visión desde el exterior también está estrechamente vinculada con otra idea muy característica de la mirada moderna hacia el mundo: la de previsión. Pre-ver, es decir ver antes, es posible justamente situándose fuera y arriba de lo que se mira. En nuestra cultura la idea de previsión ha sido siempre sobrevalorada: como afirma el filósofo ecologista Timothy Morton, solemos pensar que estamos “arriba de las cosas, fuera de las cosas, más allá de las cosas, capaces de mirar hacia abajo y decidir qué hacer” con un grado suficientemente alto de precisión. Y sin embargo, a efectos concretos esta idea de visión “extendida” -desde fuera o desde arriba- no es nada más que un sesgo cognitivo. Estamos tan involucrados, “entrelazados” con nuestro cuerpo en el mundo que incluso si quisiéramos escaparnos de él no podríamos hacerlo de ningún modo, y la pandemia sólo constituye otra prueba más de eso. En referencia a esto, el antropólogo inglés Tim Ingold sugiere justamente el término enmeshment, entrelazamiento: pensar al mundo y a nosotros mismos como un “atado de líneas”, como sistemas – naturales, sociales, tecnológicos (tangibles y digitales)- que conviven de manera simbiótica y que se afectan mutuamente.

Algo esencial es que la interrelación entre estos sistemas lleva al emerger de nuevas dinámicas, posibilidades y también de problemáticas -de carácter ecológico, social, tecnológico, político y cultural-, que no surgirían a falta de esta misma interrelación. La emergencia, entonces, no hay que verla meramente como la situación momentánea y contingente de la crisis sanitaria, sino más bien en términos ontológicos como el manifestarse de un “mundo” nuevo, con preguntas complejas cuyas respuestas aún no han sido formuladas y que sin embargo es necesario y urgente atender.

A esta emergencia -en el sentido más amplio del término-, el diseño tiene que enfrentarse a través de la adopción de una nueva mirada capaz de atender a estos frágiles equilibrios sistémicos, pero también a través del desarrollo de nuevas maneras concretas para intervenir en ellos con mayor cuidado. La pandemia, por lo tanto, es una ocasión privilegiada para pensar en cómo el diseño puede enfrentarse a cambios sistémicos de diferente naturaleza y alcance.

Este será el foco de atención de varios de los grupos participantes en el programa: algunos se centrarán más en elaborar una cartografía de los (eco)sistemas naturales, sociales y tecnológicos que conforman los mundos en que vivimos, entender en qué modo se entrelazan y afectan, y cómo es posible intervenir en ellos a través del diseño para aumentar su resiliencia y disminuir su vulnerabilidad; otros dedicarán su atención a cuestiones más específicamente metodológicas, re-elaborando las modalidades de una práctica específica -la del diseño, justamente- que aún necesita liberarse del solucionismo, del tecnicismo y de otros sesgos heredados del pensamiento moderno occidental que aún la siguen caracterizando al día de hoy.

Otro conjunto de asuntos, más específicos, que aparece en toda su urgencia y relevancia hoy es relativo a la cuestión general del espacio. Dentro y fuera de nuestros entornos domésticos, hemos visto hasta qué punto la así llamada “nueva normalidad” se ha convertido en un asunto de diseño: arquitectos y diseñadores de diferentes partes del mundo han concebido nuevas maneras de ocupar el espacio, de la escala de los hogares a la de los espacios públicos y de las ciudades, diseñando formas de controlar flujos o de marcar distancias. Hemos tenido que renunciar a la distancia íntima –aquella que en el estudio de la proxémica del antropólogo Edward Hall se sitúa entre los 0 y los 45 cm– a favor de lo que se ha llamado “distancia social”: la norma de separación de 1,5 m. Las ciudades se han vuelto a poblar de animales y especies vegetales que habían prácticamente desaparecido de los entornos urbanos, dando prueba ulterior del entrelazamiento profundo de los sistemas humanos con los ecosistemas naturales y de la evidente plasticidad de esta relación.

Todo este conjunto de dinámicas y problemáticas que remiten al espacio físico se entrelaza íntimamente con otras, relativas a las nuevas formas de espacialidad “en línea” que se se han extendido de forma extraordinaria durante el confinamiento gracias a las tecnologías de información y comunicación (TIC): plataformas para videollamadas, herramientas de teletrabajo, webinars, clases en remoto o en modalidad blended están transformando radicalmente no solo nuestra manera cotidiana de entender y vivir el espacio, sino también nuestras subjetividades y comportamientos. Entre la multitud de sus repercusiones la vida cotidiana, estas dinámicas están contribuyendo a poner en crisis radical la idea tradicional de privacidad como esfera claramente separada del espacio público: en lugar de ser categorías estables y preexistentes, lo “público” y lo “privado” se revelan cada vez más como el resultado de una especie de pliegue, como lo que queda dentro y fuera de una frontera lábil, que se modifica una y otra vez por la tensión continua entre lo online y lo offline.

En torno a este ámbito de cuestiones se desarrollará la investigación de varios de los grupos participantes en el programa. En algunos casos el foco de atención estará puesto en las nuevas formas de organizar el espacio doméstico y de “hacer ciudad” promovidas o simplemente aceleradas por la pandemia; en otros en la relación problemática con los ecosistemas naturales y con las otras formas de vida no humanas; y en otros en el universo de las TIC, entendidas en sus modos específicos de funcionamiento, en las posibilidades que brindan y en sus repercusiones -tanto positivas como negativas- de carácter sociocultural y político (en este sentido la cuestión de la “brecha digital”, por ejemplo, nos parece absolutamente crucial); en otros, en las soluciones emergidas en ámbito escolar y universitario para hacer frente al enorme reto pedagógico causado por el brote de la pandemia, aprovechando justamente el diálogo entre formas de espacialidad física y online.

Todo este proceso digital, además, ha venido acompañado de un elemento relator extremadamente influyente como es el de la Inteligencia Artificial (IA), que está modelando nuevos paradigmas en los regímenes de verdad a la vez que modulando una gran parte de los relatos sobre la gestión, alcance y soluciones frente a la pandemia. La IA se presenta en términos de solucionismo biopolítico radical ante la complejidad de la crisis, convirtiéndose en referente científico y de objetividad en un momento de fuertes tensiones en los mecanismos públicos de credibilidad. Tanto en el ámbito sanitario y farmacéutico, como en el de la representación visual y mediática, los algoritmos inteligentes se proyectan interesadamente como el telón de fondo de una nueva era del conocimiento y del control de la complejidad, sin que ello venga a menudo acompañado de unas necesarias interpretaciones sobre lo que ocultan o lo que prescriben.

Otras cuestiones muy relevantes en las que la pandemia está contribuyendo a arrojando luz hoy en día son las relacionadas con las nuevas formas de cuidado y diseño colaborativo.Tras muchas décadas de políticas (económicas, administrativas y educativas) orientadas ideológicamente a construir un discurso radicalmente individualista de la vida social, la aparición de la pandemia -con sus apelaciones constantes a la corresponsabilidad- ha puesto en marcha todo un conjunto de dinámicas que -aunque no exentas de nudos problemáticos- se muestran hoy con perfiles nítidos. ¿Qué papel tienen el arte y el diseño en estas dinámicas? En un momento de emergencias como la actual, enfoques y actitudes como el DIY (do-it-yourself) -y aún más el DIO (do-it-ourselves), por su espíritu declaradamente colectivo- acaso sean hoy herramientas especialmente aptas para ofrecer nuevas formas de concepción sobre la corresponsabilidad entre hacedores, productores y usuarios.

Desde el mes de marzo numerosos diseñadores, mayormente configurados en redes, se han dedicado a idear y producir directamente material, sobre todo sanitario, ante el colapso de los sistemas industriales de producción: makers, ingenieros, artistas, enfrentaron la crisis de producción enfrentando una serie de problemas que se han revelado con suma crudeza y urgencia: los problemas de patentes, que contribuyen a establecer nuevas interpretaciones entre lo legal y lo legítimo; de normativas y regulaciones oficiales; de canales de distribución; de sostenibilidad ecológica y económica; de accesibilidad. Una de las primeras cuestiones que han surgido, a este respecto, ha sido la del rol potencial del diseño en un escenario de mercado inmovilizado (no market), con los extremos de la oferta y la demanda globales en gran medida suspendidos, y con la aparición o visibilización de toda una serie de urgencias sanitarias, sociales y económicas.

La economía corresponsable de los cuidados se ha convertido en el centro neurálgico de un nuevo modelo social, cultural, económico y político, de una escala sin precedentes y que requiere niveles de coordinación enormes, así como la acción de todo el cuerpo social. Acaso estemos ante la posibilidad de imaginar un nuevo pacto social capaz de recuperar vínculos y tejidos muy erosionados por decenas de años de abandono y desprecio protagonizadas por el capital depredador. El deterioro y/o abandono de las políticas culturales públicas durante este periodo de pandemia, que ahonda un proceso largamente larvado durante décadas en favor de unas industrias culturales cada vez más ajenas a los procesos socioculturales de base, puede, paradójicamente, ofrecer el acicate definitivo para configurar nuevas relaciones entre los productores creativos y una reformulación de su función como agentes de transformación social. Aquí el diseño y ciertas prácticas artísticas se erigen como un dominio en el que comprender que la emersión de nuevas formas colectivamente beneficiosas sólo pueden surgir de un modo de producir compartido y testado en colectivo.

En esta dirección, el programa alberga investigaciones sobre los artefactos mediante los cuales los cuerpos y los espacios deben relacionarse en un mundo de distancias físicas y sociales, y que tienen efectos palpables en la vida cotidiana. Los movimientos de cultura libre y fabricación digital han desarrollado durante los últimos meses todo un conjunto instrumental, que mientras contribuyen a solucionar con efectividad los urgentes problemas sanitarios, al mismo tiempo constituyen ejemplos de nuevos modos autogestionados de producción, distribución y accesibilidad.

Finalmente, también habrá espacio para cuestiones y asuntos relacionados con el mundo de la comunicación visual. La crisis sanitaria ha contribuido a poner en evidencia dinámicas ya presentes en el contexto productivo de la comunicación visual contemporánea, caracterizada por la copresencia de instrumentos analógicos y digitales, profesionales y amateur, por modalidades de producción compartidas y colaborativas y por formas de distribución y circulación inéditas: dinámicas cuyas repercusiones y potencialidades necesitan aún ser abordadas y comprendidas en profundidad.

Siempre con respecto al contexto de lo visual, estos tiempos de pandemia han contribuido a echar luz en una cuestión urgente y delicada, aún más en la condición actual de la así llamada “post-verdad”: la de la función performativa de la imágenes (también y sobre todo la imagen fotográfica), que lejos de representar pasivamente la realidad son capaces de producir cierto relato, cierta forma de mirar la realidad misma. Esto es lo que ha acontecido, por ejemplo, con la propia silueta del virus SARS- CoV-2, simplificada y estilizada por los medios de difusión con el objetivo de proporcionarle las connotaciones del “enemigo” y hacerlo reconocer como tal en el imaginario visual compartido. Los usos de la imagen -y concretamente, de ciertos tipos de imagen- para la producción social del miedo han sido especialmente evidentes y controvertidos en los últimos meses, como en el caso del debate sobre las fotografías con teleobjetivos, cuyo efecto es el de reforzar la impresión de falta de distanciamiento interpersonal en espacios públicos.

Varios grupos de investigación participantes en el programa se dedicarán específicamente a estas cuestiones: algunos se centrarán en el tema de las nuevas técnicas de producción de relatos visuales emergidas en tiempos de crisis; otros en las capacidades de la imagen como tecnología, “máquina” que posibilita la producción o la consolidación de narrativas muy diferentes como las de la objetividad cientiífica, las conspiratorias o las del miedo xenófobo y/o especista; otros en las diferentes formas de disenso y de reividicación social y política que han adoptado herramientas y estrategias de la comunicación visual, sirviéndose de lugares publicos o las redes online como espacios de enunciación; en paralelo, también se presentan casos de estudio sobre las formas de representación (curvas de contagio, estadisticas inteligentes, proyecciones probabilísticas) que ayudan a conformar un relato unívoco de las causas, procesos y efectos de la pandemia.